El hotel del recuerdo

 

El hotel del recuerdo se trata en realidad de una residencia. No utilizo esta palabra en el reportaje que os enseño a continuación. No me gusta.

Residencia para mi es un lugar triste, oscuro, el último lugar de acogida, la última vivienda.

Sin embargo este lugar es todo lo contrario. Nos encontramos con un centro dotado de modernas instalaciones. Un agradable hogar para gente mayor, lleno de luz, color, mucho color. Todo pensado para el tipo de personas que lo habitaban, todo pensado para hacerles la vida mucho más fácil.

Hasta aquí todo perfecto, la verdad es que no nos lo esperábamos. Sin duda, el lugar mejor conservado que he visitado hasta el momento… aunque siempre hay un pero. Sabíamos que tarde o temprano nos invadiría la tristeza, la melancolía, aún sin conocer a los ancianos. Seguro que todos hemos tenido algún familiar querido que seguramente pasó los últimos años de su vida en una residencia. Pero nunca lo hemos vivido tan de cerca, observando, deteniendo el tiempo en cada instantánea, accediento a infinidad de dependencias que no puedes ver cuando estás de visita.

Entre foto y foto sabíamos que íbamos a encontrar objetos personales, sobre todo fotografías, muchas fotografías de sus seres queridos, algún frasquito de colonia, fotos de una juventud ya pasada. Estos objetos, se mezclaban a menudo con aparatos y maquinaria que, constantemente, nos transportaban de nuevo al presente. Bombonas y máscaras de oxígeno, andadores, cajas de medicamentos, una silla de ruedas… aquella bata blanca de Sara, la enfermera de la Sra. Antonia, que un día dejó olvidada…

Os dejo con EL HOTEL DEL RECUERDO.

 

En espera

En espera

 

 

En espera

En espera

 

 

La gran olvidada

La gran olvidada

 

 

Recuerdos

Recuerdos

 

 

Recuerdos

Recuerdos

 

 

La gran olvidada

La gran olvidada

 

 

La gran olvidada

La gran olvidada

 

Dejamos los largos pasillos que acceden a las habitaciones y nos dirigimos al comedor. El acto de vandalismo es evidente. Decenas de extintores habían sido vaciados, dejando todo con una espesa capa de polvo blanco.

 

El comedor

El comedor

 

 

Tres en raya

Tres en raya

 

 

Dos sillones

Dos sillones

 

 

El comedor

El comedor

 

 

El comedor

El comedor

 

 

El comedor

El comedor

 

 

El gran silón

El gran sillón

 

 

El comedor

El comedor

 

 

Detalles

Detalles

 

De nuevo me dirijo a las habitaciones. Una cierta tristeza me invade cuando veo al lado de las camas, bombonas de oxígeno, alguna mascarilla. Siempre acompañado de algún objeto personal. Esta mezcla me hace  reflexionar, pensar unos instantes antes de realizar cada foto… La escena se convierte en casi real cuando, en el pasillo,  ves la fotografía del anciano que dormía en esa cama.

 

Habitación 107

Habitación 107

 

 

Dormitorios

Dormitorios

 

 

Agarrando la vida

Agarrando la vida

 

 

Agarrando la vida

Agarrando la vida

 

 

Agarrando la vida

Agarrando la vida

 

 

Agarrando la vida

Agarrando la vida

 

 

Detalles

Detalles

 

 

Recuerdos

Recuerdos

 

 

El baño

El baño

 

 

El baño

El baño

 

 

 

Hago una pausa en mis fotos para que leáis el maravilloso y conmovedor relato de la escritora Vanessa López.

PRINCESA SARA. Seguro que os emocionará.

 

Sara era la mejor enfermera de la residencia de ancianos Sándalo, con diferencia. Todo el personal era cuidadosamente seleccionado por la dueña, que exigía, a parte de la titulación necesaria para cada puesto, un carácter amable y alegre, y una predisposición absoluta al cuidado, respeto y absoluto cariño por todas y cada una de las personas de las tercera edad que allí residían. Aun y así, Sara era la mejor. Todos la querían, trabajadores, ancianos y familiares de ambos. Se notaba que ella se dejaba la piel en cada minuto que pasaba allí, se sentía que aquello era su vida.

Hacía diez años desde la inauguración, diez años en los que había vivido historias de todo tipo, en cada una de las cuales había dejado un poquito de ella misma, y de cada una de ellas se había llevado maravillosos sentimientos y muchas lecciones de vida. De entre todas ellas había una especialmente mágica para Sara. Se trataba de una pareja de ancianos de ochenta años cada uno que entraron a la residencia el mismo día de la inauguración. No se separaban nunca. No discutían, charlaban por horas, se miraban con una dulzura extrema, y, lo que más les gustaba de todo era compartir su tiempo con Sara. Por alguna razón le habían tomado un cariño especial y ella les veía especialmente felices cuando se sentaba con ellos a tomar un café o unas pastas. Y era mutuo. La miraban con ojos brillantes y la hacían sentir, mientras duraba ese encuentro, menos huérfana, a sus sesenta y cinco años de edad.

Sara se crió en un orfanato de titularidad privada de su pueblo natal. No lo pasó mal, tenía buenas cuidadoras y grandes profesores, pero todo niño necesita una familia en la que ser el protagonista, o padres, o madres, hermanos, abuelos, tíos… ella tuvo una buena familia en el centro, pero siempre le quedó la espinita de saber qué se sentiría al ser hija de alguien o la nieta de alguien. Y siempre sentiría la sombra de la duda sobre porqué sus padres la tuvieron y luego la abandonaron en aquel centro, por bueno que fuese. Y por qué nadie la adoptó jamás. En todos sus años de vida no supo comprender y perdonar aquello. Durante toda su vida se sintió una niña abandonada.

El caso es que aquella pareja de ancianos eran exactamente como ella había soñado a sus padres. Eran perfectos, los padres que todos desearían tener, especialmente ella. Por eso compartir su tiempo con ellos era especialmente gratificante, y aunque sintiera que dos personas así jamás hubieran abandonado a su hija al nacer, fantaseaba secretamente con la idea de que ellos podían ser sus padres.

Susa y Manuel por su parte no tenían hijos, y, a pesar de haber amasado durante su vida una inmensa fortuna, habían renunciado a vivir en la opulencia que les hubiera permitido sus recursos para vivir allí, en su residencia, juntos hasta la eternidad. Habían donado todo cuanto poseían a diferentes fundaciones y centros para menores, salvo la cantidad que les permitía pagar su estancia allí hasta el fin de sus días. Absolutamente loable. Ellos sin hija, ella sin padres. ¿Sería el destino? Se preguntaba Sara todos los días…

Hacía ya más de diez años que Sara había caído en una depresión muy fuerte. Sus carencias y traumas infantiles le ganaron la batalla en una época de su vida en la que lo había vuelto a perder todo. Un divorcio cruel tras malos tratos, una quiebra empresarial, un quebranto de amistad… A veces la vida golpea fuerte. Tras pasar en profunda oscuridad más de dos años, renació de sus propias cenizas con las fuerzas suficientes para empezar de nuevo. Sara decidió reemprender su vida y fundar su propia residencia de ancianos. Quizá así podría recomponerse. Ella era la propietaria de Sándalo, y trabajaba como la que más, porque Sándalo era su vida, porque no era un trabajo sino una vocación, y porque todos los ancianos que en su casa vivían eran para ella sus padres. Especialmente Susa y Manuel.

Le parecía paradójico que aquellos dos adorables ancianos hubiesen donado toda su fortuna a centros para menores y orfanatos y ella toda la suya a su residencia para personas mayores. Ellos sin hija, ella sin padres. De nuevo pensaba en el destino.

Un lunes lluvioso de octubre llegó a la residencia como cada lunes, lluvioso o no, y se dirigió directa a la cocina en busca de su café matutino. Todos sabían que era la jefa, pero tras todos aquellos años trabajando con ella codo con codo habían aprendido a quererla como una compañera más, como una amiga. Sara avanzó por los pasillos con una fuerte angustia creciendo en su interior. Oía silencio. Un profundo silencio. El silencio que se sentía cuando uno de sus muchachos partía.

Llegó al comedor y, a pesar de los colores alegres de las paredes, y las bonitas flores de papel que adornaban el lugar donde comían, aquella sala se le tornó siniestra. Sus ojos se llenaron instantáneamente de lágrimas en el momento que levantó la mirada y advirtió que Susa y Manuel no estaban aquella mañana en sus sofás azules como de costumbre. Durante diez años de su vida habían estado allí. Cada día. Todos los días. Esperándola para darle los buenos días y compartir con ella el primer café de la mañana. Y no estaban. Sus sofás azules estaban vacíos. Absurdos y solos. Como ella.

Cayó al suelo hincada de rodillas. Y lloró. Ella sabía que partirían algún día y lo harían a la vez. Pero no estaba preparada para que ese día llegara. Enfermeros, limpiadores, celadoras y médicos se acercaron a Sara para abrazarla. Pero Sara no tuvo consuelo. Había perdido a los padres que nunca tuvo.

Dos días después recibió una notificación de los abogados de Susa y Manuel. Debía acudir a la lectura de su herencia. Sara no quiso ir, pero no tuvo más remedio de atender el requerimiento legal: la crisis azotaba fuertemente a su residencia. Se le agotaban los recursos, cada vez quedaban menos ancianos por falta de medios y le preocupaba no poder pagar a sus compañeros de trabajo.

Susa y Manuel le habían dejado en herencia una cantidad importante de dinero. Eso le permitiría tirar adelante un tiempo, pero el cierre de la residencia era ya un hecho. Las familias no se podían permitir el gasto, y, al quedarse sin trabajo cuidaban ellos mismos a sus ancianos. Eso era bueno para ellos en algunos casos, pero acabaría con su proyecto en pocos meses.

Junto al cheque había una carta manuscrita de Susa. Sara la cogió y se la llevó a su residencia, donde vivía desde hacía algunos años, para leerla sentada en uno de los sofás azules, en la privacidad de su pena.

“ Querida Sara,

Si estás leyendo esto es que ya no estamos junto a ti, pero te imagino allí sentada, en uno de nuestros dos sillones azules, amándonos tanto como nosotros a ti.

A estas alturas sobra decir cuánto significas para nosotros, pero aun y así te lo queremos decir. Te adoramos princesa Sara, siempre te hemos querido. Desde el día en que supimos que yo estaba embarazada de ti.

Hace sesenta y cinco años que no ha pasado un solo día de nuestras vidas que no te añorásemos, que no te anhelásemos, que no te amásemos. Pero la vida nos azotó con esa pena, la pena de no poder estar a tu lado hasta que hace diez años pudimos hacer realidad nuestro sueño de recuperarte.

No tenemos derecho a pedirte perdón, pero sabemos que tienes un alma tan grande que a estas alturas ya lo habrás hecho. A pesar de todo quiero contarnos nuestra historia, te mereces saber toda la verdad hija mía.

Me quedé embarazada con diecinueve años. Yo era la doncella en casa de Manuel. Él estaba estudiando medicina y era el mejor de su promoción. Sus padres no aprobaban que yo fuese la madre de sus nietos, así que poniendo el pretexto de la incipiente carrera de su hijo me ofrecieron una cantidad enorme de dinero a cambio de dar a mi hija en adopción nada más nacer y desaparecer de la vida de su hijo para siempre. En aquella época mis padres eran muy pobres, mi madre murió al dar a luz a mi hermana pequeña y mi padre estaba muy enfermo. Los únicos ingresos que teníamos provenían de mi sueldo, y sin ellos todos acabaríamos en la más profunda de las miserias. Así que acepté pagar tan alto precio por lo que creí un “error de juventud”.

A los dos meses de haberme ido del pueblo, de haberme alejado de Manuel y de ti, yo no podía con mi vida. Me sentía tan triste que apenas me levantaba de la cama. Ni siquiera para cuidar de mi padre y de mis hermanos. Pero entonces, una mañana lluviosa de octubre, Manuel vino a buscarme. Me dijo que su vida no tenía sentido sin mí y que el único error que habíamos cometido en la vida era separarnos y deshacernos de ti. Te buscaríamos y comenzaríamos una nueva vida juntos para siempre.

El caso es que no fue fácil. Los padres de Manuel tenían mucho dinero, recursos y poder, y se encargaron que nunca te encontráramos. Dedicamos los siguientes cincuenta años de nuestras vidas a buscarte, y cuando te encontramos por fin, tuviste que cambiar de identidad por un caso de malos tratos y tardamos cinco años más en poder conocerte. Fue entonces cuando lo dejamos todo e ingresamos en tu residencia.

Estamos tan absolutamente orgullosos de ti, princesa Sara, que nos dejamos llevar por ese amor que nació entre nosotros tres y nunca encontramos el momento adecuado de contarte toda la verdad. Temíamos que se rompiera la magia, que no nos creyeras cuando te dijéramos que habíamos hecho cuando habíamos podido por encontrarte. Temíamos que nos odiaras, aun más.

Te entendemos, entendemos todo el dolor que has sentido por culpa nuestra. Pero la vida nos dio malas cartas hija mía, y sólo nos premió con los comodines al final. A pesar de todo, y aunque sea tarde, queremos decirte, ahora que estas ahí, sentada en uno de nuestros sillones azules, que has sido siempre la luz de nuestras vidas, y que siempre te hemos querido y te querremos princesa Sara.

Tus padres,

Susa y Manuel.”

 

 

Otras plantas, más habitaciones…

 

3ª Planta

3ª Planta

 

 

El pasillo ocre

El pasillo ocre

 

 

El pasillo ocre

El pasillo ocre

 

 

Detalles

Detalles

 

 

La habitación azul

La habitación azul

 

 

La habitación azul

La habitación azul

 

 

Rosas de papel

Rosas de papel

 

Nos dirigimos a la planta baja. Llegamos a la zona de recepción, el gimnasio, un pequeño almacén donde se guardaban los medicamentos. Seguimos explorando hasta detenernos en la sala de juegos y lectura, el comedor y la cocina.

 

Pequeño gimnasio

Pequeño gimnasio

 

 

Pequeño gimnasio

Pequeño gimnasio

 

 

Descanso en el gimnasio

Descanso en el gimnasio

 

 

Descanso en el gimnasio

Descanso en el gimnasio

 

 

Detalles

Detalles

 

 

Graffiti sobre cristal

Graffiti sobre cristal

 

 

Comedor en planta baja

Comedor en planta baja

 

 

Comedor en planta baja

Comedor en planta baja

 

 

Comedor en planta baja

Comedor en planta baja

 

 

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

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4 Respuestas a “El hotel del recuerdo

  1. Magnífico reportaje Miguel Ángel. Menos mal que algunos como tú, respetuosos con el lugar, conseguistéis captar lo que era este lugar para inmortalizarlo. Saludos!

    • Me alegro que te gusten. Hoy mismo, Sara me ha enseñado un reportaje de alguien que estubo hace poco.
      Destrozado, arrasado. En fin… Lo de siempre.
      Cuando has estado en un lugar y al cabo de un año lo encuentras de la manera que lo he visto, sientes una gran tristeza, fustración, rabia.

  2. No sé si te he mandado un mensaje antes, he tenido un traspiés en el teclado del portátil y me he pasado a otra página jajajaja

    Me ha fascinado el reportaje, cómo se ha parado el tiempo en este lugar… es tanta la nostalgia que desprenden esas habitaciones vacías, el comedor, la comida todavía en los platos… he leído en un comentario anterior que está muy destrozado, aún así me gustaría visitarlo ya que tengo “el antes”, aunque “el después” sea devastador…

    Mi correo: valor.abandonado@hotmail.com (querría saber dónde se encuentra)

    Tengo un blog donde voy fotografiando los lugares que ya conocía, pero que no había registrado nunca. Ahora mismo hay dos entradas; tengo que publicar unos cinco lugares más de Castilla la Mancha cuando encuentre un rato ( elvalordeloabandonado.blogspot.com )

    Un saludo.

    • Hola Claudia, ante todo me alegro que te haya gustado mi reportaje y mis fotos. El sitio realmente valió la pena.
      Pertenezco a un grupo de amigos cuya pasión es fotografiar estos maravillosos lugares abandonados. Pero…nuestra premisa es no desvelar estos sitios a personas que no conocemos. He visitado tu blog y está claro que tienes la misma afición que nosotros. A pesar de ello, lo siento mucho, no puedo decirlo. Lo siento de veras. Tan solo decirte que si eres de la comunidad de Castilla-la Mancha, te queda muy muy lejos.
      Saludos Claudia. Iré visitando tu blog.

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