La casa de las mil ventanas

No me fue difícil encontrar título a este reportaje. Una masía que, seguramente por el buen gusto en la decoración de sus paredes y por su grandes dimensiones, perteneció a una familia acomodada. Me la imagino años atrás rodeada de campos de cultivo, grandes extensiones de terreno propiedad de los señores que en ella vivían.

En la actualidad se trata de una vieja casa, inmersa en polígonos industriales, rodeada de fábricas. Escondida, no queriendo ser descubierta. Sus puertas, ventanas, la decoración que se ve,  nos da pistas de un pasado glorioso. Sillas perdidas, cargadas de historia. Alguna solitaria maleta que hace tiempo hizo su último viaje. Esperando ser rescatada del olvido más absoluto.

Me llama poderosamente la atención la gran cantidad de ventanas y  dependencias que hay en esta casa. Dedico mucho tiempo y muchas fotografías en ellas. Quizás demasiadas. Por  eso he querido dividir el reportaje en tres partes. Una primera y segunda parte donde me concentro en  habitaciones, ventanas y puertas. Realizo varias visitas, eso me permite fotografiar las entradas de luz con diferentes matices. Diferentes colores, diferentes contrastes. Dependiendo del día y su luz, la escena cambia completamente.

La tercera parte me dedico a fotografiar la casa adjunta, más pequeña pero también con mucho encanto. Aquí también incluiré muchos detalles, formas, texturas.

Espero que os guste LA CASA DE LAS MIL VENTANAS.

 

Luces y sombras

Luces y sombras

 

 

La habitación amarilla

La habitación naranja

 

 

Luz en la escalera

Luz en la escalera

 

 

Luz en la escalera

Luz en la escalera

 

 

La sala de los sofás

La sala de los sofás

 

 

La sala de los sofás

La sala de los sofás

 

 

La sala de los sofás

La sala de los sofás

 

Como podéis observar cada habitación es pintada de diferentes colores. Siempre intensos. Azules, ocres, amarillos…

La habitación azul

La habitación azul

 

 

La habitación azul

La habitación azul

 

 

La habitación azul

La habitación azul

 

 

Hago una pausa en las fotografías para que leáis el maravilloso relato de la escritora Vane López. Seguro que os sorprenderá.

Me suelo perder para encontrarme. Me sirve el bosque, la playa, el centro de la ciudad o un polígono industrial. Empiezo a caminar, sola, y vienen a mi la paz y la serenidad que busco y necesito.

Hace un par de meses paseaba entre naves industriales cuando topé casualmente con una vieja masía incrustada entre aquellas grises construcciones. No me lo podía creer, tan cerca de casa y jamás había sabido de ella. Era magnífica, o lo fue. Estaba abandonada. No me pude reprimir: salté la valla y entré.

Su interior era todavía era mejor. Aquello había sido suntuoso en su tiempo, seguro. Imaginé a sus moradores, inventé su historia. Cada detalle me contaba episodios de aquella maravillosa vivienda. En la planta baja un vestíbulo gigantesco, habitaciones de servicio y una cocina como del siglo XVIII calculé, cubierta con azulejos decirativos, con una enorme chimenea de fuego a tierra y fogones de ceramica para carbón.En la primera planta la residencia principal, con un amplio comedor, dos habitaciones con dormitorio a parte y siete estancias secundarias. Decidí salir e investigar más sobre aquel lugar. A quien perteneció, de quien era ahora, porqué estaba abandonada. Caminé de vuelta a casa absolutamente poseída por la curiosidad. Aquella visita me había cambiado para siempre.

Descubrí que se construyó en 1575 y entonces dedicaba todos sus campos al cultivo de la vid, hasta que en 1877 la filoxera no dejó una parra viva, y tuvieron que cambiar sus cultivos a verduras y hortalizas. Las tierras dieron de si hasta los años 80,cuando dejaron de ser rentables y los dueños de la finca tuvieron que venderlas para subsistir. En su lugar se construyeron las actuales naves y se destruyeron las canalizaciones y los pozos de agua de avastecimiento a la masía.  La casa quedó aislada. Pero yo me seguía preguntando por sus dueños. Así que investigué un poco y sin mucho esfuerzo di con el nombre y la dirección de un hombre, Eduard Cabestany Roig, el último de los herederos de Can Roig.

Le llamé y le dije que era periodista, de algo más me tenía que servir el título, y que me gustaría hacerle unas preguntas sobre la masía para redactar un reportaje que sería publicado en la revista para la que trabajaba. De hecho me lo estaba planteando, quizá escapaba un poco de la línea editorial, pero era bastante  interesante como para plantearlo. Me dijo que toda la información estaba abierta al público en los archivos históricos municipales, y colgó.

Yo, por supuesto, no iba a dejarlo ahí, así que me propuse hacerle una visita al tal Eduard, pero antes me daría otra vuelta por la masía. Esta vez me embriagó más, si cabe. Deambulé por las estancias como borracha de historia, absorta en mis pensamientos, concentrada en escuchar cada cosa que me contara aquel lugar. Hasta que unos golpecitos me devolvieron a la realidad. Me asusté un poco, lo reconozco. Puse atención en los sonidos. Golpes como de loza, como si alguien trasteara en una cocina. Mi corazón iba a salirse por mi boca. Seguí el ruido. Me llevó a una escalera que la primera vez no advertí. Quizá había  una buhardilla. Subí. No me lo podía creer. La casa no estaba abandonada.

En aquella buhardilla había una anciana, de una edad indeterminada entre los sesenta y los ochenta años, no sabría decir. Estaba colocando platos en un poyete y parecía dispuesta a tomarse un humeante té.

– Sube, pasa y siéntate, te serviré una taza de te.

– Disculpe, no quería molestarla, de saber que estaba entrando en su casa no lo habría hecho, pensé que…

– Ya, pensanste que nadie podría vivir ya en una masía abandonada sin agua ni luz, en medio de bloques de hormigón. Pues ya ves, aquí sigo. Pero no me molestas, me gustan las visitas.

La estancia era cálida, debido a un pequeño fuego a tierra encendido, sobre el que se calentaba agua para infusión en una antigua marmita de hierro. Me senté en un sillón orejero de color verde oliva precioso. Parecía nuevo. Ella cogió la marmita muy lentamente, sirvió las tazas y se sentó frente a mi, de cara al fuego.

Charlamos durante horas. Me contó que tenía tres hijos. La mayor se había ido hacía m uchos años a vivir a Nueva York y jamás volvió a saber de ella. Así le agradecía todo cuanto había hecho por ella. El mediano murió en un accidente laboral, aplastado por un tractor a los dieciséis. Una tragedia. Y el pequeño se marchó de casa muy joven y tampoco volvió jamás. Me explicó, llorando, que ella había dado toda su vida por ellos, que había sacrificado su vida entera por cuidarles, que jamás les faltó de nada. Y ahora se veía pagada con la soledad y la miseria. Se preguntaba entre lamentos qué había hecho tan mal para merecer eso.

Lloré con ella, le tomé la mano, la consolé. Me dió tanta lástima que supe exactamente lo que le iba a decir al tal Eduard aquella noche. Me despedí prometiendo volver, le dije que le traería algunas cosas y que lo antes posible volvería a seguir charlando. Ella sonrió amablemente y asintió con la cabeza.

Encontré a su hijo saliendo del taller que regentaba y lo abordé.

– Hola, soy Susana Jiménez, y vengo a hablarle de su madre.

– ¿Perdón?

– Le he llamado esta mañana para preguntar por la finca, pero todavía no sabía que más importante que la eso es su madre. ¿De verdad se fué así, sin explicaciones, sin volver ni la vista atrás?

– Oiga, no se de donde ha sacado eso, pero no tengo ninguna intención de sacar viejos trapos sucios de mi familia ante una desconocida y en plena calle.

– Pues vayamos a un bar.

– Márchese.

– No me iré. Nunca he dejado pasar una injusticia.

– ¿Pero usted de qué va? ¿De justiciera o qué? Mire, cómprese un antifaz en los chinos y déjeme en paz.

– Su madre le necesita Eduard, por favor, hable conmigo. Ella está sufriendo, le quiere mucho, y usted la ignora. Le ha dedicado su vida…

– ¿Pero de qué está hablando? Mi madre jamás en la vida hizo nada por los demás que no fuera para que estuvieramos en deuda con ella. Mi madre hacía y luego lo recriminaba. Todo, incluso prepararnos el almuerzo, servía para un reproche. Mi madre se sentía impune para amargarnos la vida sólo porque era nuestra madre. Mi madre fue una auténtica pesadilla señora, y usted no tiene ningún derecho a juzgarne.

– Pero ella dice que le quiere mucho a usted, que desearía volverle a ver antes de que ya sea demasiado tarde.

– Eso es imposible.

– ¿Porqué?, al menos piénselo.

– Eso es imposible porque mi madre murió hace cinco años.

Es un texto de Vane López.

El resto de sus relatos los podéis leer en  http://onirialina.wordpress.com

La parte alta del edificio me depara una sorpresa. Justo debajo de la cubierta, una gran estancia me da la bienvenida. La poca luz que entra por la ventana y por una gran puerta me permiten hacer estas instantáneas. El suelo, con unos hundimientos considerables, no me dan la más mínima sensación de seguridad.  De todas maneras me decido a entrar para fotografiarlo.

Les golfes

Les golfes

 

 

Les golfes

Les golfes

 

 

Les golfes

Les golfes

 

 

Les golfes

Les golfes

 

 

El pajar

Les golfes

 

 

Les golfes

Les golfes

 

 

Les golfes

Les golfes

 

 

Les golfes

Les golfes

 

 

La sala de la roja butaca

La sala de la roja butaca

 

 

La sala de la roja butaca

La sala de la roja butaca

 

 

Luces y sombras

Luces y sombras

 

 

Luces y sombras

Luces y sombras

 

 

La habitación amarilla

La habitación amarilla

 

 

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

 

 

Luces y sombras

Luces y sombras

 

 

Luces y sombras

Luces y sombras

 

 

Luces y sombras

Luces y sombras

 

 

Luces y sombras

Luces y sombras

 

 

Luces y sombras

Luces y sombras

 

 

10 Respuestas a “La casa de las mil ventanas

  1. Ya echaba de menos ver algo nuevo por tu web Miki. El lugar tiene buena pinta a pesar de lo vacío que esta pero las luces y sombras en esos espacios abandonados son geniales. Buen trabajo, hay segunda parte?

  2. Es cierto. No sé que pasa o que hago mal. Muchas veces no consigo que se vean a mayor tamańo.
    Bueno, sólo las verías un poco más grandes .
    Me alegro que te gusten. Saludos!!!

  3. Increíble, me parece un buen tema del q hablar, y me impresiona mucho,csolo q si entra hoy en día en esa casa, lo único q vera, son todo lo q fotografió por el suelo y las escaleras rotas. Ni si quiera hay sillones ni butacas, y la cocina toda rota. Es una pena

    • Como bien dices es una pena ver como estos maravillosos lugares acaben todos de la misma forma. Vandalizados, destrozados. Muchas veces prefiero no ver posteriores reportajes pues me da muchísima pena ver como terminan.
      Un abrazo.

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