La casa del piano

El piano

El piano

 

NO TOQUES

Me llamo David Salmerón García y soy deficiente mental moderado. Mi coeficiente intelectual es de 42, porque por algun misterioso motivo puedo pensar con notable coherencia  y hablo conmigo mismo utilizando un lenguaje  rico y extenso pero soy incapaz de comunicarme con los demás mediante lenguaje oral o escrito. Es decir, escucho, proceso y siento perfectamente, aunque los demás me hablen y traten como si no fuera capaz de hacerlo.

Es cierto que mi desarrollo motor es algo deficiente, y como no puedo hablar correctamente, ni comunicarme, doy lugar a ese razonamiento. Pero la verdad es que muchas personas de mi alrededor, que se creen superiores a mi y a muchos mas, son auténticos idiotas. Ellos, no yo.

Crecí en una familia adinerada, en un pueblo del  norte de Portugal. Vivía en una mansión muy lujosa con mi madre y mis tres tías, una de ellas con título nobiliario incluso. Yo fui fruto de un escarceo amoroso sin ninguna transcendencia para mi padre, casado, y encima nací tonto, así que me ocultaron al mundo desde el día que nací.

La villa era de ensueño, y el servicio escaso pero de total confianza: se les pagaba muy bien y a cambio debían guardar los secretos que escondían las verjas de la mansión (básicamente yo). De facto ellos fueron realmente mi familia, porque ellos fueron los únicos que me dieron amor y dedicación más allá de su obligación laboral. Sobretodo Andrés, el mayordomo. Para todos me enseñó a contar, los colores y las partes del cuerpo, entre otras chiquilladas; per en realidad me enseñó a ser la persona que soy, me trató siempre como un igual y , ante todo, me empujó a ir más allá de los límites que se me imponían por mi condición de retrasado mental.

Recuerdo perfectamente la primera vez que oí la melodía del gran piano del salón de verano. Aquel sonido me embriagó absolutamente y me transportó hasta su origen. Mi tía Vera estaba tocando mazurcas de Chopin, y, aunque algunas notas me chirriaron los oídos, me quedé completamente absorto con aquel aparato maravilloso. Recuerdo que fue la primera vez que quise tocarlo, pero recibí un tremendo manotazo por parte de mi tía, acompañado de un “niño, no toques” que se repetiría una y otra vez durante meses.

Mi tía dió orden al servicio de que yo no tocara su piano bajo ningún concepto, seguro que lo estroperaría con mis manazas de niño tonto, lo desafinaría seguro con mi torpeza de bruto, así que no podía tocarlo nunca. Me obsesioné con él. Mi único objetivo durante el día, y después también durante la noche, era llegar hasta el piano y tocarlo.

Llegaron a encerrarme bajo llave.

Aquello casi acaba de verdad con mi integridad mental. Me sentía enloquecer, hasta que un día Andrés, aprovechando nuestra soledad, me sacó de mi cautiverio y me llevó hasta el piano. Me dijo que tocara. Que me dejara llevar por lo que fuera que estaba sintiendo. Y toqué. Toqué la Sonata para piano en si menor de Liszt, 
Luz de luna de Bethoven, Polonesa heroica de Chopin, un preludio de Rachmaninof, y Claro de luna de Debussy.

Andrés lloraba de emoción. Decía que lo sabía, que sabía que yo era especial, que siempre lo había sabido. Tocaba a los virtuosos del piano sólo de oido. Hizo mi maleta y la suya todo lo rápido que le permitió su estado de nervios, y me cogió de la mano para sacarme de aquella casa donde yo no era más que un mueble feo que había que esconder a los invitados, como poco. Yo estaba entusiasmado, feliz por su promesa de llevarme al conservatorio a que me escucharan los entendidos, pero sobretodo porque me iba a sacar de aquella casa-prisión. Salimos casi corriendo por la puerta de atrás, y al girar la esquina: mi madre y mis tías volviendo de misa. Nos pillaron in fraganti.

Andrés fue despedido fulminantemente, y amenazado con el despido de su esposa Ana y sus dos hijas Claudia y Sara si contaba a alguien que yo existía y esa inverosímil historia del piano. Yo volví a mi encierro hasta  que años después me quedé completamente solo, abandonado a mi suerte en aquella fría habitación del ala sur. Nadie sabía de mi existencia: mi madre y mis tías habían muerto sin ocuparse de lo que le pasaría al niño deficiente, y el servicio había sido despedido por crisis económica hacía años. Al tercer día sin agua ni comida derribé la puerta, llegué hasta la cocina y bebí. Tenía provisiones para uno o dos días, y agua hasta que la cortaran.

No aguantaría mucho. Pero no me importaba, porque iba a morir tocando.

Toqué y toqué, día y noche. Hasta que llegó Andrés no me había levantado de la banqueta ni para hacer mis necesidades. Pero a pesar de mis pésimas condiciones él me abrazó, llorando, y me dijo que había llegado mi hora. Que por fin cumpliría su promesa de sacarme de allí.

Hoy me consideran un virtuoso del piano. Comparable a Liszt, dicen. A mi me da igual lo que digan, solo me importan tres cosas: tocar el piano, Andrés, y no volver jamás a la mansión donde nací, la que iba a ser mi tumba y que hoy me pertenece. Ni yo ni nadie pisará nunca más aquella odiosa prisión, hasta que se caiga a pedazos fruto del abandono y el olvido al que me habían destinado a mi.

Así sea.

Es un relato de Vanessa López.  Lo podéis ver también en      http://onirialina.wordpress.com/2014/03/02/no-toques/

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