Las casas del Pirineo

Llegamos a este pequeñísimo pueblo, o lo poco que queda de él. Hacemos un descanso en el camino para explorar estas casas. Esta vez mis compañeros de exploración son mi mujer y mis hijos.

 

Cuatro casas

Cuatro casas

 

 

Cuatro casas

Cuatro casas

 

 

Cuatro casas

Cuatro casas

 

 

Cuatro casas

Cuatro casas

 

Me dispongo a entrar, como siempre con mucho cuidado.

La última taza

La última taza

 

 

La última taza

La última taza

 

 

La última taza

La última taza

 

Voy hacia las plantas de arriba. El suelo es de madera, una madera castigada con el paso de los años. Madera añeja que me produce un cierto temor al subir por los escalones.

Luces y sombras en barril

Luces y sombras en barril

 

 

El pasillo del miedo

El pasillo del miedo

 

 

Vieja puerta

Vieja puerta

 

Llego al comedor. Indudablemente la casa había servido de vivienda o refugio a alguna o algunas personas. Un viejo colchón, dos botellas utilizadas como soportes de unas velas.

Al final se deciden a subir mis hijos y mi mujer. Observan con detenimiento la escena. Nos imaginamos por un momento como sería pasar la noche en una de estas abandonadas casas con la tenue  luz de las velas.

Una mesa, un colchón

Una mesa, un colchón

 

 

La oscura mesa

La oscura mesa

 

La vegetación poco a poco forma parte de los gruesos muros de piedra

Verde sobre negro

Verde sobre negro

 

Voy a hacer una parada en las fotos para que disfrutéis del maravilloso relato de la escritora Vane López. Seguro que os encantará.

 

HUIDA

Llegué al pueblo buscando refugio, calma y serenidad. Transcurridos tres años casi diría que aquí va a terminar mi huida. Quizá pueda quedarme para siempre. Apenas me conoce nadie, a pesar de que hablo con todos porque trabajo en la panadería. Nadie sabe porqué estoy aquí, y sobretodo, nadie sabe porqué he vivido en siete lugares antes de llegar aquí.

Rosa Maria me dió trabajo en su panadería y me alquiló una de las casas más antiguas del pueblo. Hicimos un trato: pagaría un alquiler casi simbólico a cambio de que fuese reformando la vivienda poco a poco, a mi ritmo. Habilité un dormitorio, el aseo y la cocina, y fui avanzando lentamente con las demás estancias. Era una casa preciosa y cada vez esta mejor. Ocupo todo mi tiempo en estas tareas y casi no recuerdo que aquel hombre malvado podría encontrarme en cualquier momento. Sólo pensarlo me hace temblar.

Mi vida aquí es tranquila, apacible y anónima. Llevo un par de noches que incluso he podido conciliar el sueño en un par de ocasiones más de dos horas seguidas. Todo un logro. Por fin parece que todo se calma. Ese hombre me juzgó y condenó y estoy cumpliendo una pena desmesurada y enormemente injusta, pero así es la vida. Quizá aquí pueda volver a sentir la paz que sentía antes de conocerle, pero siento que jamás volveré a ser la misma. Siento que nunca recuperaré la confianza y la fe en el ser humano que me llevaron a hacer lo que hice.

Aquella mañana amaneció algo nubosa, pero aquí es habitual que las primeras horas del día sean grises y poco a poco se vaya limpiando el cielo hasta regalarnos una jornada soleada y tranquila. Suelo pensar que quizá suceda lo mismo conmigo. LLegué con el frío de las nubes y con el paso del tiempo conseguiré el calor del sol. Me pareció que una leve sonrisa se dibujaba en mi rostro…

El viento aquel día era especialmente potente. Llegué a la panadería con el frío calado hasta los huesos. Cuando crucé la puerta sólo pensaba en tomarme un café con leche calentito, y quizá uno de esos croissants maravillosos que prepara Roger todas las mañanas. Una excelente manera de comenzar a trabajar. Pero al abrir la puerta todos dejaron de hacer sus quehaceres para mirarme. Lo supe en ese preciso instante. Me había encontrado.

– Ana hija, un hombre ha venido hace un momento preguntando por ti. – Las palabras de María Rosa se clavaron en mi pecho como espadas. Me sentí desvanecer. Me temblaban las piernas y me sudaban las manos. Di un paso atrás, hacia la puerta. Tenía que salir de allí lo antes posible. Tenía que huir. Pero al dar el paso atrás pisé una bota de hombre. Estaba detrás de mi. Se acabó, todo se acabó. Me giré y caminé hacia atrás todo lo rápido que me respondió el cuerpo. Le vi, a tres metros de mi. Era el fin. Se acabó huir, se acabó el insomnio y el miedo. Se acabó todo. No me salía la voz, no podía hablar. Quería decirle que salieramos de allí, que la panadería no era un lugar para morir. No por mi, sino por Maria Rosa y Roger que tanto me habían cuidado todo aquel tiempo, un cadáver en su negocio de alimentación era una faena. Pero no podía hablar, estaba completamente paralizada por el terror. Habló él.

– Por fin te encuentro Ana. Llevo cinco años buscandote. Quiero decirte tantas cosas. Por favor escúchame. No tengas miedo. Sé que te juré que te mataría con mis propias manos cuando te encontrara, pero no he venido a matarte. He venido a darte las gracias. Tu me has enseñado la lección más importante de toda mi vida, y me has dado el sentido y la felicidad que de otra manera jamás habría podido conseguir. Gracias Ana. Por favor, ven conmigo, tengo tantas cosas que contarte. Hugo ha vuelto ¿sabes?, y sigue tan enamorado de ti como el primer día. Tenías razón, siempre tuviste razón. Ven conmigo Ana, volvamos a casa.

No podía creerlo. Hace cinco años me casé con Hugo por amor, y me fuí de aquella casa por amor. Le amé, le amo, más que a nadie en este mundo. Pero estaba condenado. Él amaba a su dinero, a sus propiedades, sus empresas y sus lujos. Así le habían educado, así le habían enseñado a ser. Todo se podía comprar y vender, porque para él todo tenía un precio. Yo intenté enseñarle que la vida se trata de buscar y encontrar lo que tiene valor, no precio, y que las personas no se pueden comprar, porque de esa manera lo que posees es solo su envoltorio, no su interior. Hugo terminó por entenderlo, yo sólo quería que entendiera eso para que pudiera ser plenamente feliz, pero él comprendió que toda su vida había sido una comedia, un mercado en el que se habían comprado sonrisas con consolas de juguete, se habían sustituido ausencias con mucho dinero, ropa cara y clubes de lujo, y, sobretodo, se le había comprado a él. Y las personas no tenemos precio. Se nos gana con amor, dedicación y tiempo. Todo lo que Hugo jamás recibió de sus padres. Todo aquello le supuso un trauma tan fuerte que se marchó de casa para no volver más.” Lo siento Ana, me dijo, ya no puedo seguir viviendo en esta mentira. Vete de aquí tu también y sé feliz.”. Su padre juró que me mataría por haberle quitado su propiedad más preciada. Yo sentí que aquel hombre jamás entendería que precisamente le había perdido por considerarlo una propiedad, por creer que podía comprarlo siempre con ropa cara y vehículos de alta gama. Las personas no somos mercancía. Sentí que debía huir de todo aquello, sobretodo de aquel hombre peligroso que creía estar por encima del bien y del mal, que poseía la verdad absoluta sólo por ser rico y poderoso. Un hombre que creía que la única forma deseable de vivir bien era la suya.

Y ahora lo tenía delante, diciéndome que había aprendido la lección y que Hugo había  vuelto a buscarme.

– Ana, ¿No dices nada? Por favor, dime que vendrás. Perdóname por favor. Hugo me ha perdonado. Es un buen hombre Ana. y yo tambien. Danos la oportunidad de demostrártelo, por favor.

Han pasado seis meses desde aquel reencuentro. Ahora Hugo vive aquí conmigo. Hemos reformado la casa casi por completo y estamos valorando ampliar la familia. Su padre viene casi cada semana a vernos, montado en su gran coche de alta gama negro. Pero ahora disfruta con nosotros de lo sencillo, se regodea con el saber de nuestras verduras y juega con nuestros perros. Pero sobretodo, nos respeta y le respetamos. Jamás habría pensado que podría haber un final feliz para mi, pero ya ves, ahora soy la panadera más feliz de todo el Pirineo catalán.

 

Es un relato de Vanessa López

http://onirialina.wordpress.com/2013/04/13/huida/

 

Tras la ventana

Tras la ventana

 

 

Tras la ventana

Tras la ventana

 

 

Tras la ventana

Tras la ventana

 

 

La sala de las botellas

La sala de las botellas

 

 

La sala de las  botellas

La sala de las botellas

 

 

La habitación del color

La habitación del color

 

Abandonamos las casas y nos metemos en el interior de la iglesia románica, o lo poco que queda de ella. Es una pena que joyas arquitectónicas como esta se mantengan en este estado tan lamentable. Otra muestra mas de esta dichosa crisis.

La ermita

La ermita

 

 

La ermita

La ermita

 

 

La ermita

La ermita

 

 

La ermita

La ermita

 

 

La ermita

La ermita

 

 

Cuatro casas

Cuatro casas

 

 

Cuatro casas

Cuatro casas

 

 

10 Respuestas a “Las casas del Pirineo

    • Si, Alejandra. Cuatro casas totalmente abandonadas. Y la pequeña ermita que es la que mas pena me dio de su total abandono. A mi también es la que mas me gusta. La vegetación colándose entre las piedras.
      Saludos.

  1. Estupendo este blog tuyo, como te dije el sábado no lo tenia visto, pero ahora pienso pasarme muy a menudo. Un gran trabajo Miquel, saludos desde Toledo.

  2. Muy buen reportaje como siempre y buenísimas tomas!
    Además pillaste el paisaje nevado por detrás !
    Cuanto te entiendo cuando hablas del temor del suelo de madera y lo del “pasillo del miedo” no podía ser un título más acertado para la imagen xD esos suelos acojonaban mucho.. Yo intentaba pisar siempre donde estaban las bigas, porque realmente esos tablones no daban mucha seguridad …

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