La casa de las sillas

Después de ciertas dudas, compruebo que todas las puertas estén abiertas. Veo claros signos de vandalismo, y por fin, me decido a entrar en la casa de las sillas.

Antes de entrar me detengo un momento a saborear el gran relato que acompañan mis fotos. Una fantástica historia de la escritora Vanessa López. No os lo perdáis.

 

La soledad

La soledad

 

 

Detalles

Detalles

 

 

La habitación de la chimenea

La habitación de la chimenea

 

 

La habitación de la chimenea

La habitación de la chimenea

 

 

Detalles

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Detalles

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Detalles

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La silla de las oscuras sombras

La silla de las oscuras sombras

 

 

La silla de las oscuras sombras

La silla de las oscuras sombras

 

 

Detalles

Detalles

 

 

Silla en la claridad

Silla en la claridad

 

 

La silla de las oscuras sombras

La silla de las oscuras sombras

 

 

La silla de las oscuras sombras

La silla de las oscuras sombras

 

 

La silla de las oscuras sombras

La silla de las oscuras sombras

 

 

TARROS DE ACEITE

Recuerdo que le encantaba sentarse en aquella vieja silla ante la chimenea, tan cerquita del fuego que las chispas que nacían del crepitar de la hoguera le oradaban los pantalones. Día tras día, en silencio, vistiendo su inseparable sonrisa. En ocasiones asaba patatas y las comíamos con aquellas cecinas que preparaba la abuela conservadas en aceite. Yo siempre tuve una imaginación desbocada, y solía construir las historias más inverosímiles alrededor de aquellos enormes tarros de embutidos, carnes y quesos en aceite que ella preparaba. Que si la abuela metía dragones en el aceite, que si eran pócimas mágicas, que si aquello eran ungüentos para resucitar… Infinidad de cuentos que llenaban mi tiempo en aquellos apacibles días de convivencia con mis abuelos en el pueblo. Viví con ellos desde que nací hasta los dieciséis, cuando me mandaron a estudiar a París, para lo que habían estado ahorrando todos aquellos largos y aciagos años. Al parecer mi padre ni quiso saber de mi, y mi madre murió en el parto. Fue una infancia feliz, sencilla, con pocas palabras y mucho amor. Por eso yo nunca quise irme de allí, mi lugar en el mundo, mi paraíso, donde vivían mis heroes, donde nacían mis leyendas. Para mi aquella marcha significó el destierro.

Llegué a Paris cargada de rencor y rabia. Aquella ciudad no se parecía en nada a mi pueblo, allí no había chimeneas ni tarros de aceite, y sobretodo allí no estaban mis abuelos. Me preguntaba porqué me habían hecho eso. Porqué me habían expulsado de mi paraíso. Quizá ya no querían cuidar más de mi. En la escuela donde vivía había un lago, y solía ir allí para quedarme horas mirando el agua y torturándome con el nostálgico recuerdo de mi abuela cantando “Donde estan las llaves, matarile, rile, rile, donde estan las llaves, matarile, rile, ron, chim-pom!” Me repetía que jamás olvidaría aquella traición, que nunca podría perdonar que me extirparan así de sus vidas.

El tiempo pasó y fuí haciendome a la idea de mi nueva vida. Tanto que tras mis estudios universitarios, religiosamente pagados desde el país vecino, decidí quedarme en París. Conseguí un buen trabajo, compré un apartamento luminoso y bien situado y viví un romance maravilloso con el que después sería mi compañero para el resto de mis días. Así logré sobrevivir al tremendo dolor que ocupó los años de mi adolescencia.

Un frío día de otoño recibí un paquete proveniente del país vecino. Venía de mi pueblo, de mi casa, de mis abuelos. La emoción me llevó al borde del desmayo. Caí sobre la silla del recibidor con el paquete entre mis manos. Catorce años sin saber de ellos, sin llamarles, sin que me llamen. Y ahora esto. No lo abriré, pienso. Lo abro. Es un tarro de lomo en aceite y una carta.

Mi querida pisquita,

hemos sabido que tu madre va a ir a buscarte y va a explicarte lo que no sabes. Conociendote sé que no creeras lo que te diga, te ensañamos bien a dudar de lo que te viene dado, a discernir de lo que es contrario a lo que seintes, así que voy a darte nuestra versión. Sí, tu madre, no murió al nacer tu, pero eso te lo explicará ella, yo quiero explicarte lo que a mi concierne. Cuando naciste tu madre te entregó a nosotros bajo pacto de que a los dieciseis años te irías a estudiar a París, porque nosotros no sabríamos darte la educación que debías recibir. Ella pagó durante todo ese tiempo cada mes un dinero que nosotros guardamos para que estudiaras, por si acaso llegaba la hora y desaparecía la promesa. Y así fué. El mes que hiciste dieciséis años se acabó el dinero, pero te pagamos los estudios con lo que habíamos ahorrado durante toda nuestra vida. No sufras, es la mejor inversión que hemos hecho. Contratamos un detective y sabemos que vives muy bien y nos alegramos mucho. Sólo queremos que sepas que te mandamos a París porque sabíamos que nosotros no eramos suficiente para ti, y porque teníamos un pacto con tu madre. Pero durante todo este tiempo no ha pasado un sólo minuto en el que no hayamos pensado en ti. Somos conscientes que tu no querrás ya saber nada de estos viejos estúpidos, pero por favor pisquita, perdónanos. Te mando un tarro de lomo en aceite por si quisieras comértelo a nuestra salud, aunque lo que más desearía en esta vida es que lo compartieras con nosotros una vez más, la última, como solíamos hacer en aquellos, nuestros mejores años. Eres lo más importante de nuestras vidas, te hemos querido siempre, y siempre te querremos.

Un abrazo,

Yaya Aurora
Yayo Sebastián”

No me lo podía creer. De repente tenía madre y mis abuelos volvían a mi vida. Era demasiado para mi. Ahora comprendo ese refrán “El infierno está hecho de buenas intenciones”. Me desterraron por amor. Porque ellos no eran suficiente para mi. Y ellos eran lo único que tenía, lo más valioso, lo mejor que me ha pasado en toda mi vida. Podía imaginar cuanto habían sufrido todos estos años. Quizá más que yo, si cabe. Cogí el tarro y me encaminé hacia el teléfono para encargar un billete a casa, no lo comería sola, necesitaba volver a comer aquellas patatas de mi abuelo. Y volver a mi casa, y sentir su olor, ver la sonrisa de mi yayo, abrazar a mi yaya. Me daba igual todos los años que había perdido, ahora solo quería volver a estar con ellos. Volver. Sonó el timbre de la puerta. Demonios, quién sería ahora.

– ¿Quien es?- Dije mientras abría distraidamente la puerta.

– Soy tu madre.

El tarro se me resbaló de las manos por la impresión, pero me tiré de rodillas al suelo para que no cayera. Ese era mi pasaporte a casa, tenía que volver y compartirlo con ellos. No me importaba lo que tenía que decirme esa mujer. No. Me levanté e hice el ademán de cerrar la puerta. Ella interpuso su mano.

– Por favor Ángela, por favor escúchame. Oye lo que he venido a decirte y luego cierra la puerta si quieres.

– Treinta años has esperado para dar una explicación. Es tarde.

– Sólo escúchame, y luego me iré para no volver si es lo que quieres.

– Habla.

– Cuando naciste yo tenía dieciocho años y una carrera prometedora por delante: soy lo que llaman superdotada y a esa edad ya tenía en mi haber tres títulos universitarios. Tu padre no quiso saber de ti, puesto que el era un eminente catedrático en pleno apogeo y aquel no era momento de ser padre. Dos años después murió en un accidente de tráfico. Así que cuando sus padres, tus abuelos, me dijeron que podía contar con su ayuda les propuse un pacto: ellos te cuidarían hasta que hicieses dieciseis años y entonces te irías a estudiar a París. Ellos jamás habían salido del pueblo, no tenían educación para enseñarte nada, así que les hice prometer que pasara lo que pasara te mandarían lejos para que pudieras progresar en la vida.

– Me das asco

– Si no te hubieses ido, jamas hubieses conseguido ser quien eres.

– Tu no sabes quien soy

– Eres la mejor abogada especialista en derecho comunitario del país

– Soy mucho más que eso, y por lo que veo tu no. Eres sólo unos cuantos títulos colgados en la pared. Olvidaré esta conversación, prefiero seguir pensando que moriste al nacer yo.

Cerré aquella puerta y olvidé para siempre aquella mujer. Al llegar al pueblo y caminar hacia mi casa sentí que jamás me había ido. Al entrar en casa y abrazar a mis abuelos, al ver la vieja silla donde el asaba las patatas y depositar encima el tarro de lomo en aceite comprendí que lo mas importante que había podido aprender en toda mi vida, lo había hecho allí, entre tarros de aceite.

Ex un texto de Vanessa López

http://onirialina.wordpress.com/2012/11/02/tarros-de-aceite/

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

 

 

El baño

El baño

 

 

La soledad

La soledad

 

 

La soledad

La soledad

 

 

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2 Respuestas a “La casa de las sillas

  1. Hola! Buen reportaje y buenas fotos; enhorabuena por atreverte a ir solo; yo también soy muy dada a eso, sabiendo los posibles peligros que eso conlleva; encima soy principiante: Empecé a entrar en sitios abandonados a mediados de este año y siempre fui sola jaja!!
    Saludos desde Laznarote.

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