La casa del pantano.

Después de una corta pero agotadora subida llego a la casa. Rápidamente me doy cuenta que definitivamente está abandonada. Primeros cristales rotos, mucha suciedad, el viejo y roto mobiliario, guías telefónicas de los años 80….mil y un detalles que denotan que sus inquilinos marcharon de ella hace ya bastante tiempo.

Dos simpáticos murciélagos me dan la bienvenida y me acompañan durante gran parte del recorrido por la casa. Se trata de una vivienda de tres plantas. Empiezo a fotografiar por la planta baja.

La cocina

La cocina

 

 

La sala del escritorio

La sala del escritorio

 

 

Habitaciones

Habitaciones

 

 

Habitaciones

Habitaciones

 

 

Habitaciones

Habitaciones

 

 

Habitaciones

Habitaciones

 

 

Habitaciones

Habitaciones

 

 

Habitaciones

Habitaciones

 

 

Habitaciones

Habitaciones

 

Subo por unas escaleras con un estado de coservación bastante aceptable. Al final llego al salón-comedor. Sin duda la parte mas atractiva de la casa. La más luminosa y la que más juego de luces y sombras produce.

A otras dependencias

Escaleras

 

 

El salón

El salón

 

 

Mobiliario de un salón

Mobiliario de un salón

 

 

Mobiliario de un salón

Mobiliario de un salón

 

 

Salón-comedor

Salón-comedor

 

 

Salón-comedor

Salón-comedor

 

Un amenazante nido de abejas, junto a las puertas que acceden al balcón, me hace desistir en la idea de seguir haciendo más fotos. Vuelvo a bajar hasta llegar a una sala donde me encuentro con un viejo televisor. Sólo cuando llego a casa y me dispongo a editar estas fotos, me doy cuenta de un pequeño detalle. Pero antes quiero que leáis el inquietante y fantástico de la escritora Vane López. Seguro que os encantará.

 

 

LA CASA DEL PANTANO

Ellos eran los ricos del pueblo. No se juntaban a penas con el resto, quizá en alguna procesión o para la inauguración de alguna calle a su nombre. A mi no me caían bien, como al resto de parroquianos, pero pasaba bastante de todas esas convicciones sociales sobre el establecimiento del bien y del mal, de los buenos y los malos. A mi lo que me gustaba era ir al  pantano a jugar con Alexander. Él era mi “más-mejor-amigo”. Pasabamos las tardes jugando al escondite, cazando lagartijas y volviendolas a soltar, intentando pescar, buscando nidos de pájaro… Éramos felices compartiendo algo que no nos pertenecía. Nos llenaba de vida confundirnos con esa naturaleza que nos permitía ser hermanos, iguales, al margen de todo lo que se cocía  en el pueblo de los mayores.

Una tarde Alexander me dijo que le habían regalado un tren eléctrico y que le encantaría que fuesemos a su casa a jugar con él. A mi me pareció una buena idea y le seguí. Aluciné cuando advertí que Alexander vivía en la casa del pantano. Él era uno de ellos, de los ricos del pueblo. Paré de correr tras él unos metros antes de llegar a la puerta de entrada a la casa. La verdad es que esa casa siempre ha dado mucho miedo. Salió a abrir su madre en persona. Parecía de cera. Cera congelada. Le dijo, notablemente enfadada, que dónde creía que iba a llegar en la vida si seguía mezclándose con la chusma maleducada del pueblo, y que estaba borracho si creía que iba a entrar a su propiedad un zarrapastroso como yo, que podía robarle al menor descuido, o ensuciarlo todo, o llenarles de piojos. Recuerdo que me pregunté si realmente no me había visto, porque decir todo eso delante mío me pareció de una pésima educación. Alexander no dijo nada, sólo se giró, me sonrió dulcemente y dijo: vamos amigo, volvamos. Fuimos todo el camino despacio, pensativos. Al llegar a la gran acacia nos sorprendió encontrar allí a una anciana muy mayor. Recuerdo que yo me asusté un poco, quizá ya venía sugestionado por el episodio anterior. Mi amigo en cambio corrió hacia ella y la abrazó por la cintura. Me acerqué y la miré. Era muy bella. Su rostro me era familiar, pero hasta que Alexander lo dijo no recordé que era su abuelita. Ella le contó que había ido hasta allí para explicarle una historia. Era sobre una serpiente que se disponía a comerse una luciérnaga. Al parecer la víctima le preguntó a su verdugo porqué iba a comerle, si las serpientes no comen luciérnagas. Ella respondió: “Porque no soporto tu brillo”. La abuelita nos dijo que aunque no hubiesemos entendido la moraleja de la historia no la olvidaramos, porque de mayores entenderíamos porqué algunos adultos actúan como lo hacen.

Aquel verano había transcurrido apacible, salvo aquel acontecimiento que, sin saberlo, nos cambió algo por dentro. Nosotros disfrutabamos cada minuto juntos, siempre, pero aquella tarde sería especial, porque seriamos dos niños de diez años con una misión: teníamos que hacer un plano del pantano y esconder un tesoro para encontrarlo el próximo estío. Yo estaba nervioso por la idea, y esperé impaciente la llegada de Alexander. Una llegada que nunca sucedió. No vino. Volví a mi casa triste y apesadumbrado. Me vino a la cabeza la idea de que la serpiente no le había dejado salir. Pero al llegar a casa mi madre me explicó que sintiéndolo mucho tenía que decirme que Alexander había fallecido la noche anterior, se había ahogado en el pantano.

Me oriné en los pantalones.

Era imposible que mi amigo hubiese muerto, y menos así. Conocíamos el lugar mejor que nuestras propias casas, y nos bañábamos a diario. Estaba claro que la serpiente se había comido a la luciérnaga. Aquel día me hice mayor.

Treinta años después de aquel suceso, he vuelto de nuevo a aquella terrorífica casa. Soy fotógrafo de abandonos, y hace años que sé que allí no vive nadie. Pero no encontraba el momento de subir allí porque no me sentía preparado. Alexander era mi “más-mejor-amigo” y yo nunca superé del todo su pérdida. Por cómo fue. Porque yo sabía la verdad. Aquella tarde subí, como empujado por una corazonada. Solo, dejando a mi mujer y mis hijos en el pueblo, esperándome. Tenía que ir solo. Entré e hice las fotos. Accionaba la cámara mientras sufría una catarsis interior que me hizo llorar todo cuanto no lloré el día que enterraron a mi amigo y su familia no me permitió participar en su funeral. Salí de allí con la sensación de haber cerrado una herida. Como si hubiese superado mi secreto anelo de infancia de volver a ver a mi amigo de nuevo aunque fuese solamente una vez.

Ya en casa me dispuse a editar mi trabajo. No estaba seguro que pudiera aprovechar algo, dado que la emoción y los sentimientos encontrados allí me habrían hecho temblar el pulso y fallar en los encuadres. De lo que tenía ni idea es que realmente aquella tarde sí pude ver por última vez a mi amigo Alexander. Estaba allí. Y yo sin saberlo le hice una foto reflejado en la pantalla del viejo televisor. ¿Le veis? Descanse en paz.

Otros relatos en su blog: http://onirialina.wordpress.com/

Sala TV

Sala TV

 

 

Sala TV

Sala TV

 

 

Sala TV

Sala TV

 

Un detalle que yo, no le doy la más mínima importáncia, pero juraría que las manchas de polvo que hay en el centro de la pantalla, configuran lo que es la cara de un niño.

Sigo bajando hasta llegar al baño.

 

 

El baño

El baño

 

 

El baño

El baño

 

 

El baño

El baño

 

 

El baño

El baño

 

 

Detalles de una puerta

Adiós temporal

 

 

La visita como comenté fue rápida, precipitada. Por eso decidí volver al año siguiente para realizar unas cuantas fotos que me quedaron memorizadas en mi mente. Fueron pocas, pues poco más había que fotografiar. Espero que os guste mi segunda intrusión en La casa del pantano.

Última copa

Última copa

 

 

Amarradas

Amarradas

 

 

Amarradas

Amarradas

 

 

Luz y sombra en fachada

Luz y sombra en fachada

 

 

La cocina

La cocina

 

 

La cocina

La cocina

 

 

Nada corriente

Nada corriente

 

 

Entrando

Entrando

 

 

El baño

El baño

 

 

Vieja pica

Vieja pica

 

 

Soledad

Soledad

 

 

El comedor

 

 

El salón

El salón

 

 

La fachada

La fachada

10 Respuestas a “La casa del pantano.

  1. Jajaja!! A la familia se la quiere mucho, pero muchas veces les cuesta entender esa atracción que sentimos por estos lugares. Muy elaborado este reportaje en “tiempo record”

  2. Muy interesante hallazgo. Se encuentra en muy buen estado para llevar tanto tiempo abandonada como parece. Lo de la cara del niño en la tele… se ve claramente en la segunda y tercera foto… Es de esos detalles que lo ves en una peli y te pone los pelos de punta… así que el hecho de vivirlo debe ser cuanto menos… “curioso”… 😀 Gracias por compartirlo!

  3. Me ha encantado el reportaje, compañero!!!
    La casa es espectacular y se conserva bien; pero menudo susto debiste llevarte al ver el nido de avipas… Yo no habría sabido qué hacer; con la fobia que les tengo a toda clase de bichos: ¡¡Hasta las hormigas!! Parece contradictorio para tener esta afición, jajaja.

    Debería tomar ejemplo de tí y “escaparme” en ocasiones; pues cuando estoy con la familia, desisto de ir a ver muchos abandonos.
    Y sí es cierto que la mancha de polvo de la tele se parece muchísimo a la cara de un nilño; qué detalle más curioso!!!

    Un saludo!!!

  4. Me ha encantado el reportaje! la verdad cuando lo he empezado he pensado… “arquitectura típica de las cantrucciones y pantanos” a medida que he ido viendo las fotos de la casa me han atrapado… pero cuando he visto las fotos de la piscina he reconicido ese lugar!!! yo he estado ahí! o creo haber estado… hace poco que sigo este tipo de blogs, y este lo he descubierto esta misma tarde y con mi corta experiencia creo me parece que nunca reveláis el lugar… no?

    Un saludo!

    Xavi

    • Hola Xavier. Me alegro que te hayan gustado mucho tanto las fotos como el lugar. La casa realmente daba para unas cuantas fotos!!! junto con la piscina pude hacer un gran reportaje.
      Si, efectivamente. Nunca revelamos los lugares que fotografiamos.
      Un abrazo!

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