La casa de las mil ventanas III

Es una casa amplia,  con paredes desnudas. Sin embargo llenas de detalles. En ocasiones evidentes, los encuadres son claros. Otras veces hay que buscarlos. Ocultos, a la espera de ser encontrados. Lo hago con las mismas ganas de quien busca un tesoro. Me fascina las texturas de las paredes. La pintura, muy castigada por el paso de los años, ofrece con el paso de la luz unos matices y unos contrastes muy acusados. Fotografío sillas, muchas sillas. Me ayudan a que esas fotos hablen más, cuenten historias. Frascos y botes perdidos en el tiempo, maletas aún por llenar. Hiedra que penetra por la pequeña ventana de de un lavabo, dando color a una oscuridad casi absoluta. Os dejo con la última parte de La casa de las mil ventanas.

 

Sillas del olvido

Sillas del olvido

 

 

Sillas del olvido

Sillas del olvido

 

 

Rojo sobre azul

Rojo sobre azul

 

 

La habitación azul

La habitación azul

 

 

Sillas del olvido

Sillas del olvido

 

 

 

La sartén por la cuerda

La sartén por la cuerda

 

 

Ventana del ayer

Ventana del ayer

 

 

Frascos en penumbra

Frascos en penumbra

 

 

Último viaje

Último viaje

 

 

Último viaje

Último viaje

 

 

Sillas del olvido

Sillas del olvido

 

 

Sillas del olvido

Sillas del olvido

 

 

Frascos en penumbra

Frascos en penumbra

 

 

Frascos en penumbra

Frascos en penumbra

 

 

Os dejo con un nuevo relato de la escritora Vanessa López. Que lo disfrutéis !!!

LA SILLA

Camino entre las ruinas de mi infancia durante horas. O minutos, no lo se. La verdad es que al entrar en este lugar he perdido la noción del tiempo.

Crecí en esta casa. Pelé mis rodillas en la entrada miles de veces, porque siempre llegaba corriendo tarde a comer: me encantaba con cada pájaro, lagartija o hueco de árbol que encontraba por los alrededores de aquel, mi hogar. En su buhardilla encontraba tesoros: tebeos, viejos libros cubiertos de polvo, juguetes de madera y algún que otro ratoncillo de monte buscando aventuras, como yo. Adoraba esconderme en las habitaciones para que mi abuela me buscara, y sólo salía cuando su voz sonaba verdaderamente angustiada: cuando me encontraba estaba tan contenta que olvidaba reñirme por haberla asustado. Y la cocina, ay la cocina. Mi abuela preparaba unas galletas que hacían que acudiera sin remedio siguiendo su olorcillo, y pan casero con aceite y azúcar, y bizcocho de zanahorias del huerto de mi abuelo, y tarta de manzanas del árbol de atrás. Todavía me parece sentir el aroma de todo aquello, mientras camino entre sus ruinas…

Siento un pellizco en lo más profundo de mis entrañas cuando me topo de improvisto con la silla. Un escalofrío me recorre desde la nuca a los pies. Siento frio. Cierro los ojos. Le veo tan claramente como si estuviera justo aquí, delante mio, sentadito en su silla. Mi abuelo siempre se sentaba en su silla de la cocina, a esperar.

Le recuerdo tranquilo, taciturno, sonriendo con los labios, pero no con los ojos, tras sus gafitas de fino alambre dorado. Allí, quieto, esperando. Con uno de sus dos jerséis de lana hechos a mano por mi abuela, uno verde oscuro y otro gris marengo, y sus pantalones conjuntados: viejecitos y desgastados, pero muy acordes con él. Estaba horas en su silla. Esperando.

Yo nunca le pregunté qué esperaba o a quien, porque lo sabía. Esperaba al contrario que yo, que mi madre volviera a casa. Que viniera a buscarme y me llevara con ella. En aquellos tiempos estaba muy enfadado con él por eso. Pero ahora que soy padre lo entiendo. Él ya había hecho de padre, ahora le tocaba a otro y no a él. Y por eso se sentaba en su silla, a esperar. A esperar que mi madre volviera a por mi.

Yo no. Yo no quería que volviera mi madre, ni a llevarme ni a quedarse. Mi madre era estúpida, y siempre estaba cansada para estar conmigo. Si le pedía jugar juntos me gritaba que saliera a correr al campo y la dejara en paz. Si le proponía leer un tebeo juntos o un cuento, me empujaba diciendo que ella no tenía la cabeza para cuentos. Así que yo no quería que volviera. Mi abuela jamás me gritaba, y siempre dejaba lo que estuviera haciendo para escuchar lo que tuviera que decirle. Yo no esperaba el regreso de mi madre, y estaba profundamente enojado con mi abuelo por sentarse cada atardecer, durante horas, a esperar.

Y esperó años, tarde a tarde. Esperó en su silla, en vano. Mi madre no volvió. Y mi abuelo murió en silencio, de pena. Y ahora sé que no esperaba a mi madre para que viniera a por mi. Sé que lo que esperaba es que su hija volviera a su lado, para abrazarla y acogerla, para amarla. Así lo siento al mirar la silla… Pero en aquel entonces no pude comprender su pena. Mi abuela no volvió a ser la misma, quedó triste y se fue apagando hasta que también se marchó, con él.. Pero ella lo hizo conscientemente, ella eligió morir. Se fue agotada y triste. Y yo añadí su enorme pérdida al saco de agravios que mi madre había ido rellenando desde el mismo día en que yo nací.

Tras su muerte yo no quise seguir en aquella casa, me fui. Solo. Y me busqué la vida. Muy bien por cierto. Soy médico. Parece que tenía madera para estudiar y conseguí acabar la carrera con becas. Conocí a mi compañera en el campus de la Facultad de Historia, y me enamoré sólo con verla. Era la única mujer de su clase. Y la única mujer a la que yo he amado románticamente. Tenemos tres hijos, razonablemente buenos chavales, una casa y una autocarabana. Ah, y dos perros maravillosos. Todos ellos son mi vida, mi primera opción, mi prioridad, y nunca les he hecho esperar. Jamás.

Miro la silla y comprendo a mi abuelo. Ya no estoy enfadado con él. Observo el paso del tiempo y el olvido en su estructura. Veo como el abandono ha raído su tapicería…y veo un papel que sobresale entre sus rendrijas. Tiro de él. Es un sobre. Y pone… Cristóbal. Mi nombre.

Lo abro. Es una carta manuscrita.

” Cristobal, hijo mío, he venido a suplicar tu perdón. Sé que es tarde. Muy tarde para un nosotros. Pero he venido a pedirte perdón. Perdón por todas las veces que te abandoné, viniendo, yéndome, regresando y volviéndome a ir. Por todas las excusas, por los desprecios y los desplantes. Por tus carencias, por tu dolor. Perdón por ser la madre que fui, ausente, doliente y triste. Ya es tarde, lo sé. Pero aquí estoy.

Quisiera curar tus heridas, pero sé que te las hice tan profundas que ya nada de lo que haga puede sanarlas. Sólo espero que la vida te haya tratado todo lo bien que te mereces, y te haya hecho un hombre sabio que ha perdonado a una madre ignorante y equivocada. Una madre que no supo cuanto te amaba hasta que ya fue muy tarde. Demasiado tarde para mi, hijo, pero no para ti.

Deseo con toda mi alma que hayas encontrado la felicidad que yo no logré. Y que quizá puedas entender a esta madre que te tocó tener. Tu presencia me hacía sentir mala mujer. Me había quedado embarazada muy joven sin estar casada, ni tan sólo tener pareja. En aquellos tiempos eso era como ser prostituta. Y tu… mi hijo, ya sabes. Les puse una cruz de apestados a mis padres y por supuesto a ti. Y yo… me comporté tan mal como todos esperaban de mi. Incluido mi padre. Hasta que me fui. Me fui porque no aguanté más la verguenza en sus ojos, porque pasé de ser su hija del alma a su peor pesadilla. Él no me soportaba, sentía su desprecio, su deseo de que me marchara para no volver. Y me fui, sin ti mi amor.

Y es lo peor que he hecho en toda mi vida. Perderte hizo que me perdiera yo también. Pero conseguí reconducir mi vida. Ahora estoy casada, tengo dos hijos y una casa preciosa a dos masias de aquí. Te dejo la dirección en esta carta por si se da el milagro de que tu quieras perdonarme, encontrarme y hacerme la mujer más feliz del mundo. Porque por bien que me vaya todo, hasta que tu, mi hijo, no te sientes a mi vera como tal, no encontraré la paz.

Sé que no tengo ningún derecho a pedirte nada, ni siquiera esto, pero entiende que debo intentarlo. Eres mi primer pensamiento al despertar y el último al acostarme. ¿Sabes? Tengo una silla muy parecida a esta en la que te dejo mi última baza. En ella me siento, en un rincón de mi cocina, a esperar. A esperar que encuentres mi carta y decidas venir a mi. Y me encuentres en mi silla, esperandote hijo mio.

Tu madre que te quiere,

Elvira.

C/Camelias nº6″

 

Más relatos en http://onirialina.wordpress.com/

 

 

Sillas del olvido

Sillas del olvido

 

 

Sillas del olvido

Sillas del olvido

 

 

Sillas del olvido

Sillas del olvido

 

 

Sillas del olvido

Sillas del olvido

 

 

Sillas del olvido

Sillas del olvido

 

 

Ventana de hiedra

Ventana de hiedra

 

 

Tenedor

Tenedor

 

 

Tenedor

Tenedor

 

 

Sillas del olvido

Sillas del olvido

 

 

Ventana de hiedra

Ventana de hiedra

 

 

Las maletas de las botellas

Las maletas de las botellas

 

 

Las maletas de las botellas

Las maletas de las botellas

 

 

Color en la ventana

Color en la ventana

 

 

 

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4 Respuestas a “La casa de las mil ventanas III

  1. De nuevo genial las luces y sombras esta vez con las sillas y los detalles. El relato como siempre de lo mejor, siempre me quedo enganchado leyendolo. Perfecta esta tercera y ultima parte. Saludos Miki.

  2. Me gusta saborear y visitar blogs, aprecio mucho el contenido, el trabajo y el tiempo que ponéis en vuestros artículos. Buscando en por hay he encontrado tu blog. Ya he disfrutado de varios artículos, pero este es muy adictivo, es unos de mis temas favoritos, y por su calidad me ha distraído mucho. He puesto tu web en mis favoritos pues creo que todos tus artículos son interesantes y seguro que voy a pasar muy buenos ratos leyendolos.
    estudio arquitectura valencia http://www.arquestil.com/estudio-arquitectura.htm

    • Hola que tal!!! Me alegro mucho que te haya/os haya gustado. Es un orgullo que hayas puesto mi página en favoritos!!! Me alegro un montón. Supongo que en mis report habrás adivinado que me gusta sobre todo las casas…su arquitectura. Un tema que he visto que dominais a la perfección, jejeje. Por cierto, yo soy delineante especializado!!!
      Un saludo cordial desde Barcelona a ti y a tu equipo. Ah!!! y próximamente más reportajes.

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